miércoles, 3 de enero de 2018

Invierno.


Y llevamos ya unos días, y los que nos quedan. Y la naturaleza nos lo recuerda cada año, a cada paso, a cada estación, que hay un tiempo para cada cosa. Que tenemos que aprender a movernos con nuestro ritmo, nuestro ciclo. Quizá más presente en las mujeres, por nuestro ciclo mensual, pero de todas las personas humanas.



Pero a ratos parece que no queremos enterarnos que hay un tiempo de desprenderse, de dejar ir. Comentaba un amigo hace unos días, que encontró muchos recuerdos guardados de hacía muchos años... y no sabía para qué estaban ahí guardados. A mí me vino la frase de mi madre: "quien guarda, halla". Y me doy cuenta que a veces tenemos los armarios, la casa, la vida llena de cosas de las que nos cuesta desprendernos, sin darnos cuenta que ese espacio está ocupado y puede que no dejemos hueco para más.

A veces por cariño, por apego a aquello que tuvimos, a aquello que fuimos, a aquello que sabemos que somos. Otras por miedo. Y si me desprendo de esto o aquello... ¿que quedará? ¿qué seré? ¡Lo perderé para siempre jamás! Pero ese espacio, ese hueco, ese hábito o ese recurso ya no nos es válido, ya no sirve para nada como dijo mi amigo. Y uno siente a ratos (sin miedo) que tiene que deshacerse de eso, porque sino pesa y no deja avanzar. Porque ya no sirve y ocupa espacio. Porque si no lo dejamos ir, nuestro espacio estará ocupado para lo nuevo. Porque a ratos crecemos, aunque nos resistamos a ello, y podemos pararnos a pensar qué queremos conservar y qué no.
Aplíquese a objetos, relaciones, hábitos, pensamientos... Porque los automatismos son a veces solo eso. Resortes. Reacciones. No acciones.


Aprender a ser otoño, invierno, primavera. Recogerse y quedarse inmerso en el vacío, en la nada, después del desprendimiento, para poder florecer después. Dejar tiempo a que nuevos brotes nos posibiliten alcanzar nuestros sueños, nuestros objetivos de vida. Poner foco en aquello que queremos, ya que a veces andamos tan ocupados en nuestro día a día, que nos olvidamos para qué queremos vivir. Recargarse con el silencio. Pararse. Observar las hojas desprenderse, y ver qué es aquello que nosotros necesitamos dejar ir. Poner atención a nuestra necesidad. Recogernos sutilmente hacia dentro. Confiar y atreverse. Para poder dar un paso más hacia lo que queremos vivir. A veces solo para agradecer aquello que soltamos. Sin ello no seríamos quienes somos.

Todo forma parte. Por más que nos desprendamos, por más que soltemos, forma parte de nuestro ser. Contribuyó, sumó, posibilitó. Nos ha forjado en quienes somos, y ha posibilitado que lleguemos donde estamos. Agradece lo que aportó, pero déjalo ir si no tiene más que hacer ahí.
Dolerá, puede. Pero tras el dolor, vendrá el duelo. El invierno. El recogimiento. La aceptación. Y un nuevo brote, un nuevo vuelo.


sábado, 28 de octubre de 2017

LA VERDAD SOBRE SER PADRES

Lo mejor que te puede pasar en la vida, la completud, parece que llega con la maternidad. O eso se promete generación tras generación. Pero una vez que el secuestro cerebral de la oxitocina llega a su fin, y que de repente (léase fiesta de empresa, escapada con amigas, fin de semana en pareja a solas…) reconectas con las áreas de tu vida que quedaron “dormidas”, la maternidad se recoloca y reposiciona para pasar a ser otra de las facetas de tu vida, lejos de ser el centro de todo lo que una es.
Reía a carcajada limpia viendo las ilustraciones de NathalieJomard, preciosas y repletas de humor y verdad. Cuando las compartí con otras madres, fue el comentario más extendido. ¡Qué reales!

Y yo me paraba a pensar en qué punto pasamos de ser madres abnegadas dedicadas en cuerpo y alma a la maternidad a profesionales de la maternidad y la paternidad, con necesidad de ser formados y acompañados en cada etapa evolutiva que atraviesa nuestro pequeño. En qué momento perdimos el humor...

No niego que la información es poder; de hecho, siempre lo digo. Tampoco niego que el conocimiento de recursos mejora notablemente el desempeño de las tareas que realizamos.
Soy mujer, madre y psicóloga, y créanme, cuando digo que el conocimiento no te exime del error; del tropiezo. De la mente en blanco y el aprendizaje diario de cómo establecer una relación sana con esa/s personilla/s que han llegado a tu vida, y que copan todos los focos de atención y la mayor parte del tiempo diario. Y todos los cursos, conocimientos y recursos del mundo empequeñecen ante tamaño despliegue de medios que ese pequeño acompañante nos muestra. A esos padres muchas veces extenuados, irritados, levantados con el pie izquierdo, incapaces de hacerse cargo de sí mismos, cuanto más de un pequeño empeñado en hacer lo que quiere a costa de todo. 

Cuando trabajo con papás, generalmente me encuentro con dos comentarios frecuentes:
1.       Lo estoy haciendo fatal, ¿verdad?
2.       ¿Qué tengo que hacer?

Creo firmemente que, salvo casos muy puntuales, la mayoría de papás y mamás que se cuestionan su comportamiento o hacer, ya lo están haciendo muy bien. De verdad. También creo que la búsqueda de la solución externa, mengua nuestras capacidades. Por experiencia, los padres son una fuente inagotable de conocimientos, solo comparable a la de los hijos. Y juntos forman un equipo formidable. Vale, a veces se necesita de un entrenador que ayude a recolocar a los miembros del equipo, una mirada externa que comparta, pero es una cosa puntual. Lo más importante lo aportamos nosotros como personas adultas.
Pero a veces nos falta conectar con nosotros, con lo que nos ocurre. Lo que nos pasa. Si podemos ser honestos, primero con nosotros, y después con los que nos rodean, ¡ya estaremos haciendo mucho! Y si además podemos mirarnos con amor, aceptarnos con lo bueno y lo malo, los aciertos y los fallos, y abrazarnos, entonces seremos luz para nuestros hijos. Sin tantas herramientas. Solo las necesarias para poder estar en calma, y respirar. No tanto para educar. Ya lo estamos haciendo.

El camino hacia una paternidad sana siempre empieza en uno mismo. Lo demás es accesorio.
Viene bien saber qué podemos esperar de los peques en cada momento, para no poner nuestras expectativas en su vida. Pero si no lo sabemos, y simplemente acompañamos y observamos a nuestros pequeños, eso ya nos lo enseñan ellos. Hay que tener el temple, el tempo. 
A veces saber, también ha jugado malas pasadas a esos padres copados de conocimiento. Porque al final, “lo esperado” se impone. Y se acaba educando al hijo que espero en lugar del hijo que tengo. Y ser padre de los hijos que tenemos, requiere en primer lugar ser honesto con uno mismo. Reconocerse frente al espejo, y hacerse cargo de lo que a cada uno nos toca (sí, soy gritona; pierdo la paciencia; soy desordenada; tengo ganas de desaparecer; estoy cansada; no sé hacerlo…), abre la posibilidad de que nuestro hijo o hija sea quien es.


Así que, como psicóloga, madre y mujer, solo quiero compartir: primero empieza por ti. Y ríete. ¡Mucho!

martes, 24 de octubre de 2017

Movimiento...


Algunas veces, cuando me siento atascada, cuando no sé cuál es el siguiente paso, juego a mover.
Limpio los espacios, muevo los muebles, y recolocando, surgen a veces esas cosas que estaban ocultas. El movimiento se demuestra andando, como bien dijo Diógenes. Cuando postergamos decisiones, cuando nos trabamos, ponernos en movimiento puede ayudar al desbloqueo.
Caminar, bailar, limpiar, correr, nadar, cocinar... moverse al fin y al cabo. Y en tareas sutiles, no mentales. Tareas de desconexión, que nos reconectan. Que hacen que surja ese eureka, esa idea feliz o esa decisión aplazada.

Darnos tiempo es a veces una tarea titánica. No hacer, dejarse estar, tomarse un tiempo de calma, a veces se interpreta como una pérdida de tiempo. Se sufre. Mientras estamos en la acción, parece que somos, que producimos, que generamos. Y en esta acción, a veces nos perdemos de vista.
Un paso intermedio hasta que uno puede otorgarse esos tiempos "perdidos" de inacción, son estas tareas disfrutables, rutinarias, en las que desconectamos el cerebro para conectarnos con el hacer desde un lugar diferente: el de la no exigencia, un lugar de transición, de desconexión cotidiana.

Quienes me conocen saben que algunas buenas ideas se me han ocurrido limpiando mejillones...
Y moviendo muebles.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Nuevo trimestre

Comenzando. Ya domingo. Mañana empieza el cole.


Llevo ya unas semanas escuchando a la gente pedir la vuelta a la rutina. ¡Bendita rutina! Que vuelva el invierno... ¡Que empiece el cole! Recuperar ritmo...
En realidad lo escucho asombrada, ya que dentro de poco las quejas serán la nueva canción. Deseando que llegue la Navidad, o el puente, para descansar, desconectar de esa "bendita rutina"...
Es paradójico a veces cómo las personas no nos encontramos cómodas en lo que estamos en cada momento, y anhelamos otra cosa que no se da. Y para cuando cambiamos, volvemos a desear aquello que ya ha pasado. No me extraña que el mindfulnes y estas cosas estén de moda... Necesitamos disfrutar del momento, pararnos en donde estemos, y simplemente estar. Sonriendo mejor. Disfrutando de lo que hacemos. Y algo tan simple se torna complicado... Es curioso.
Darnos permiso para ser felices. Dejarnos de disculpar y parapetar detrás de todas esas cosas que nos pasan, y nos impiden... todo!! Nos impiden vivir, respirando y sonriendo, dándole las gracias y dando la bienvenida a todo lo que va acontenciendo en la vida, sin tanto enfado y confrontación.

Sí, lo sé. Suena sencillo. A veces no lo es tanto. Cada cual tiene que hacer su camino. Descubrir su punto, encontrar su disfrute. Y creo que en realidad está siempre en las cosas chiquitas, en lo simple, en lo que no cuesta esfuerzo, ni técnica ni aprendizaje. En lo que cada uno atesora y disfruta, como cuando era niño. Tan sencillo, y lo hacemos tan complicado...
Tan simple y nos hacemos tantos líos...

Por eso este mes de septiembre me niego a programar, a dirigir, a vender esto o aquello.
Solo quiero mostrar mi disponibilidad, y que aquello que me hace disfrutar surja, y posibilite que las personas que quieran compartirlo simplemente vengan.
Porque quiero capitanear Vínculos desde la sonrisa, sin exigencias y con mimo.
Así que bienvenidos a una nueva etapa. Gracias a aquellos que confiaron y confían en mi persona. Me ayudais a crecer a cada paso. Y este nuevo rodar, me siento con esa confianza. Disfrutaré de ello.


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